Vehuel y Jhamiela

Habéis conseguido llegar al conocimiento lógico de lo tangible, pero habéis perdido el contacto con el conocimiento dinámico-sutil que rige la existencia.

Las palabras despertaron a Jhamiela, que abrió los ojos. Lo primero que vio fue a una pequeña hada-sílfide del tamaño de su mano, como las que imaginaba en sus fantasías, pero con unas grandes gafas de cristales rodeados con pétalos amarillos, como si la hubieran puesto dos flores en los ojos, que volaba en su dirección con cara de pocos amigos, hasta que su cabecita impactó contra el entrecejo de la niña y sin dejar de embestirla, le preguntó con una voz estridente que no correspondía a la de alguien de su tamaño.

-¿Ya estás aquí?

-Sí, supongo –contestó confundida Jhamiela, echando su cuello hacia atrás cuanto pudo y que no entendía que estaba pasando.

Le pareció oír algunas risas contenidas pero no se atrevió a mover la cabeza, tan solo entornaba instintivamente los ojos a ambos lados, como queriendo localizar quien o que las provocaba.

-¿Supones? -la increpó el hada, a la vez que dejaba de embestirla y se distanciaba de ella.

Fue entonces cuando pudo apreciar con mayor claridad la situación. No estaba sola, se encontraba con más niños en un gran prado, todos sentados en sus pupitres, era como una especie de “clase al aire libre”. Era un paisaje que no reconocía, aunque vivía en el pirineo, en sus diez años de vida nunca había visto un paisaje así. Estaban situados en una zona llana de la ladera de una majestuosa montaña, con grandes rocas en su parte alta y una densa vegetación en su parte media. Vegetación que desaparecía súbitamente, dando paso a una gran llanura de hierba baja, solo interrumpida por un río de aguas cristalinas que la atravesaba. Jhamiela quedó impresionada de la belleza del lugar pese a que estaba acostumbrada a los bellos paisajes del entorno donde vivía.

La bella sílfide volvió volando a su posición, delante de toda la clase.

-¿Dónde estamos? -preguntó la pequeña.

Y el hada continuó como una autómata con su explicación.

-Yo vengo de Kymhera y estamos en un plano intermedio entre vuestra realidad y la mía.

Hizo un pequeño silencio esperando alguna pregunta más y retomó la lección con una voz enérgica, pero aburridamente monótona.

-Bien. Como os decía, habéis conseguido llegar al conocimiento lógico de lo tangible, pero habéis perdido el contacto con el conocimiento dinámico-sutil que rige la existencia.

La pequeña Jhamiela levantó la mano. Al verla, el hada preguntó con desgana.

-¿Siii?

-No entiendo lo que dice -Respondió.

Los demás niños asintieron apoyando el comentario de su compañera.

-Así que, no me entendéis -dijo contrariada y con tono resignado, continuó-. Está bien, os contaré una historia.

 

<<Kymhera, mi mundo, envía energía sutil en forma de magia y fantasía a vuestro mundo, si vosotros la usáis, nosotros recibimos vuestros anhelos y además, la desilusión de los que no creen.

Los anhelos, los canaliza la mediadora Lhuminia. La desilusión, la canaliza el mediador Darkher.

En cierto momento, la desilusión fue creciendo cada vez más, a la vez que, los anhelos eran cada vez más débiles. Cuando la desilusión sobrepasó a los anhelos, los poderes de Lhuminia comenzaron a menguar, simultáneamente, los de Darkher comenzaron a crecer, y ese exceso de poder acabó corrompiéndolo. Se autodenominó Mago de la niebla. Todas las criaturas, a las que antes apaciguaba sus instintos, acabaron sometidas a su tiranía. También sometió a Lhuminia, con una sucia astucia y comenzó a llenar nuestro mundo de oscuridad, desilusión y tristeza, ayudado por los trolls, los orcos, elfos negros y otras criaturas oscuras. Lo llamó el Reino del Olvido. Y creció y creció más…>>

 

Jhamiela volvió a levantar la mano. Esta vez no esperó a que le dieran permiso para hablar.

-Eso no lo hemos dado.

Si el hada-sílfide fuera una tetera, ahora mismo estaría pitando ¡¡¡phiiiiiii!!!.

-Jhamieelaaa, Jhamieelaaa -los estridentes gritos de la pequeña hada, se confundían con las imágenes que cada vez se hacían más borrosas,

-Jhamiela, princesa, vamos despierta, que ya está el desayuno -esta vez, reconoció la voz, era la de su madre que como cada mañana la llamaba desde la puerta de la habitación-. ¿No querrás llegar tarde a clase? El fin de semana, que no hay cole, te quedas en la cama todo lo que quieras. ¡Vamos, levántate!

La madre era una mujer joven, de unos cuarenta años, de cortos cabellos de color negro y con unos ojos verdes que realzaban su desdeñado rostro. Hacia un par de años que criaba sola a sus hijos, desde que enviudó, y todavía lo estaba superando. Iba ataviada con una bata que la cubría desde el cuello a las viejas zapatillas que vestían sus pies.

Jhamiela abrió los ojos y se percató que se encontraba en su habitación. Cuando su madre comprobó que se había despertado continuó con su rutina desapareciendo de la vista de la pequeña.

-¡Qué sueño más raro! –dijo la niña en estado de semiinconsciencia.

Mientras, a través de la pequeña abertura que sus pesados parpados le permitían, con sus preciosos ojos verdes buscaba a la pequeña sílfide de su sueño entre todas las muñecas que había amontonadas sobre varias estanterías, situadas frente a su cama. Cuando dio con ella, se levantó dejando al aire su alegre melena negra, en su preciosa carita, se podía apreciar que todavía no estaba despierta, pero aun así, tambaleándose y frotándose los ojos, se dirigió embutida en su pijama, repleto de graciosas mariquitas, hacia donde se encontraba la muñeca de su sueño, la tomó con una mano y la puso frente a ella, cara a cara, mientras con la otra mano le daba golpecitos con el dedo en la nariz y la recriminaba.

-No me gusta que me grites. Las señoritas hadas o ninfas o lo que quiera que seas, no gritan y menos a su dueña, aunque sea en sueños.

Entonces paró de golpearla y dejándola en la estantería de nuevo, concluyó.

-Además no entiendo que hacíamos dando clase en el campo. Reconozco que era chachi, pero no se que querías enseñarnos, hablas de cosas muy raras.

-¿Ya estás hablando sola?

La voz de su hermano, que volvía del baño hacia su habitación, llegó a asustarla momentáneamente. Giró la cabeza y allí estaba su enjuta figura, recostado en el quicio de la puerta con los brazos cruzados, mirándola. Por su constitución parecía que tuviera once años en lugar de trece. Ya se había vestido y ella aún estaba en pijama.

-¡Ah, no! -ironizó-. Que estás hablando con las hadas y los duendes. Estás loca, mocosa.

-¡Mamaaá! Mira Vehuel, se está metiendo conmigo.

-Las hadas y los duendes no existen. ¿Cuándo lo vas a entender?

La voz de Vehuel se mezclaba con la de su madre, que desde la cocina les pedía.

-Dejar de pelear y venir a desayunar, que vais a llegar tarde.

-Sí existen -se resistía la pequeña.

-Ya la has oído mocosa deja de hablar con nadie y vístete. Y no existen.

-¡Vete, idiota! -le contestó la pequeña a la vez que cruzaba de brazos y se giraba dándole la espalda, y le ordenó-. ¡Y cierra la puerta! -Parecía muy enfadada.

Vehuel, habiendo saciado ya esa necesidad que a veces sentía de tocar un poco las narices a su hermana, cerró la puerta y se dirigió a su habitación. Una vez allí comenzó a preparar su mochila con el material que necesitaba. Parecía desilusionado, sin muchas ganas de ir a clase.

En su habitación se apreciaba la carencia de pósteres y ese tipo de cosas que agradan a un chaval de trece años. No se apreciaba ese desorden característico de un chico de su edad. Un viejo ordenador, una caja de un juego de trucos de magia, un cubo de rubik, de esos que se mueven y tienen colores, y una baraja de cartas con las que le gustaba hacer solitarios, eran las únicas cosas que indicaban que podía ser la habitación de un joven.

En la cocina les esperaba su madre preparando la mesa y el desayuno. <Galletas para la princesa y magdalenas para el guerrero> como le gustaba decir.

-¡Buenos días mamá!

Vehuel, acababa de hacer su aparición, dejando la mochila tirada en el suelo al lado de la puerta.

-¡Buenos días! ¿Cómo está mi guerrero?

Le dio un beso despreocupado de buenos días en la frente y mientras él se sentaba a la mesa apareció la pequeña Jhamiela.

-¿Y mi princesa? ¿Cómo se ha levantado mi princesa? –decía al mismo tiempo que la achuchaba en un abrazo.

-He tenido un sueño muy raro.

Vehuel no pudo resistirse a la tentación de pinchar a su hermana.

-Fíjate si era raro que nada más levantarse se ha puesto a regañar a una muñeca.

-Porque me gritó en mi sueño –le gritó, a su vez, la pequeña.

Vehuel, retorció su dedo junto a su sien, y terminó su conversación.

-Estás loca, mocosa.

-No lo estoy ¡Mamá!

-¡¡Vehuel!! Sabes que no me gusta que digas esas cosas a tu hermana  -y continuó-. ¿Y porque te gritó en el sueño, cariño? –preguntó su madre intentando cobijar a la pequeña.

-No sé, era un sueño muy raro; estábamos en el campo con muchas mesas, como en clase, y un hada nos contaba cosas que no entendí, me acuerdo que dijo que era de Kymhera y no sé que del mundo del olvido. Pero también hablaba de orcos y trolls, y esos no se juntan con las hadas.

-Solo ha sido un sueño hija, no le des importancia.

-Estábamos en un sito precioso -continuaba la pequeña-, más bonito todavía que Sort. Tengo la sensación de que nos quería decir algo importante pero yo, como no estaba atendiendo, no me enteré bien lo que decía.

-Venga desayuna princesa que no vais a llegar -resolvió su madre, acostumbrada a la imaginación de su pequeña.

Cuando salieron al exterior de la casa les estaban esperando su perro Txulo, un chucho de dos años mezcla de pastor alemán y gos d’atura, y su gracioso cachorro Bandido, de seis meses, que al verles saltaron sobre ellos con ese nerviosismo descontrolado que genera el exceso de alegría y que les hacía doblar sus cuerpos como si pareciera que se fueran a romper, simulaban que fueran movimientos de lagartijas de largas patas.

Txulo tenía matices de pastor alemán, aunque no dejaba de ser un chucho, con el pelaje marrón claro, un imponente pecho blanco y las patas como si tuviera puestos unos calcetines de color blanco, al igual que el extremo de su rabo, por el contrario Bandido, aunque tenía el pelaje como su padre, poseía las orejas de cazadora de su madre, lo que le daba una personalidad muy graciosa.

Tras despedirse de su mamá comenzaron a andar, los perros se olvidaron de ellos y aun nerviosos se pusieron a jugar, como hacían cada mañana, gruñendo y luchando delante de los niños. Era fácil imaginar el paralelismo que existía entre los juegos de los perros, que consistían básicamente en el dominio y la sumisión de Txulo sobre Bandido, y la manera en que Vehuel sacaba de quicio a su hermana. Ambas situaciones, a su manera, eran similares y compartían el amor como telón de fondo.

Desde el exterior se podía ver la casa donde vivían, era una casa de pueblo, de piedra y madera, antigua y reformada, con el tejado de pizarra y una altanera chimenea. La típica construcción del pirineo leridano.

Recorrieron el rutinario camino que llevaba a la entrada de la finca y con la misma rutina se despidieron de los perros y se dirigieron al colegio, situado en el núcleo del pueblo. El camino hasta el colegio no venía a durar más de diez minutos.

Ya dentro de Sort y cerca de la entrada del colegio, se toparon con tres compañeros de Vehuel.

Este, al verlos agachó la cabeza y pensó -¡Vaya!, ya están ahí.

-Mira quien viene por ahí –les increpó el más grande de los tres, poniéndose en medio de su camino-. Pero si es la niña que habla con las hadas y su hermana “viruela” ¿Tiene que acompañarte tu hermanita pequeña al colegio?

-¡Dejarme en paz!

Le esquivó el joven ignorando la provocación. Pero tropezó con la zancadilla que le tendió otro de ellos, cayendo al suelo. Se levantó y continuó sin mediar palabra.

-Mírala es una gallina, la gallinita “viruela”. Coc, coc, coc.

Los tres jóvenes, como cada día, se reían de él. Era una rutina de la que Vehuel estaba aburrido y, lo que es peor, acostumbrado.

-Mi hermano no es una gallina y tampoco una viruela.

-¡Cállate! –la ordenó su hermano tirando de ella del brazo, y continuó, con voz más baja para que no le oyeran-. Quieres empeorarme las cosas.   

-Sí cállate, que tú no llegas ni a pollo. ¡Ja, ja, ja!

Los tres se quedaron atrás, riendo.

-¿Por qué dejas que te traten así?

-Olvídame –volvió a repetirla-. No te metas en mis cosas, mocosa.

Jhamiela volvió la vista al frente. De alguna manera Vehuel trataba a su hermana igual que los otros chicos le trataban a él. Había escogido una mala manera de calmar su frustración. Pero Jhamiela no era como él, ella no se callaba, para ella su hermano era un referente a seguir, pero su rutinaria falta de reacción le desagradaba. Aunque en el fondo sospechaba que su hermano sufría, estaba molesta por su actitud y se planteaba que talvez era verdad que su hermano era un cobarde.

Llegaron a la puerta del colegio y entraron, mezclados con el resto de alumnos, para recibir un día más de aburrida rutina educacional.